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Más allá de lo posible


Una mirada, eso era todo lo que necesitaba para transportarse en sus ojos y olvidarse del espacio y tiempo que habitaba. Tenía poco de verlo y sabía que podía ser un poco precipitada la situación al tomar en cuenta que se habían encontrado tan solo dos veces. Sabía que no era amor, estaba segura de que podía ser una de las situaciones más intensas de su vida y no quería desaprovechar la oportunidad de vivirla.

Alto voltaje, así podía resumirlo, cuando los besos volaban sobre su piel, su respiración se aceleraba, las manos se deslizaban sobre cada uno de los sitios prohibidos. Lo necesitaba, lo quería, lo deseaba más que a nada en el mundo. Susurraba su nombre bajo el manto negro intenso de la noche, bajo la luz de la luna llena plateada que los acompañaba y a lo lejos unas cuantas estrellas siendo testigos del deseo, del romance, del ardor, de ese placer prohibido.

Su cabello rizado la atrapaba, deseaba perderse en cada una de esas ondas cortas, tomarlas con fuerza para besarlo con presión, lo blanco de su piel la hacía perder la cabeza, sus ojos pequeños de un café avellana eran suficiente motivo para querer entregarse a él, no era un ejemplar masculino de los que son considerados “fuera de este mundo”, al contrario, más bien representaba la simplicidad, la diversión, la autenticidad.

Alto, con la altura perfecta para abrazarla y hacerla sentir completamente deseada y protegida al mismo tiempo, de brazos anchos y fuertes que al rodearla la hacían perder completamente el equilibrio al sentirlos rodear su cintura, labios finos de un sabor dulce y amargo a la vez que la hacían querer más y más. Ella estaba consciente de lo débil que era ante él y sabía que quería pertenecerle, cada espacio, cada fibra, cada centímetro de su piel, de su cuerpo, de su mente, de su placer ahogado gritaban su nombre.

Esperaba con ansías su próximo encuentro, caminaba desolada con la mirada perdida esperando el momento de ver de nuevo sus ojos avellana y de sentir sus labios finos recorriéndola, fantaseaba con el momento de entregarse por completo a él, de pasar a ser de su propiedad; no quería unas horas, quería noches enteras de ardiente intensidad.

Un solo encuentro de unas horas podía ser el combustible que la mantuviera interesada hasta su próxima visita, las fibras de su cuerpo se escalofriaban al pensarlo cerca y por momentos sabía que a pesar de que solo lo había tenido cerca dos veces lo conocía desde hace tiempo.

Trataba de verse bonita para él todos los días, una flor en el pelo, una trenza, una sonrisa, cualquier cosa sencilla que encontrara podía ser el accesorio ideal, esperaba paciente la próxima visita del hombre ardiente que la hacía esperar deseosa de sus brazos, no veía la hora de sentir de nuevo sus besos, luego lo notó, sí era amor.

Recorrió con desesperación uno a uno los pasillos hasta llegar a su habitación, las lágrimas desbordadas rodaban por su rostro demacrado llenando de esa peculiar agua salada sus labios, un golpe inminente de lucidez la golpeó con fuerza.

Su habitación blanca, su cama acompañada de solamente una mesa, las paredes blandas de esas donde ni el peor golpe harían daño alguno, su eterna, interminable y siempre fiel bata blanca. Oyó murmullos en los pasillos, quejidos, gritos que apedreaban su mente; a lo lejos las sillas de ruedas, las enfermeras y sus compañeros de piso perdidos en el silencio, ahogándose en gritos, llorando sin lágrimas.

Chocó contra la realidad en un minuto de sensatez, seguía esperando a su amante de años atrás, aquel que una vez le prometió casarse con ella y con quien pasaba noches enteras, intensas, ardientes, de amor, de pasión. Aquel hombre que un día fue asesinado por su esposa al recibir la noticia de que le dejaba por aquella mujer que había aumentado la intensidad de sus días, la oscuridad de sus noches.
En ese minuto de realidad en su vida deseó la muerte a quien le había arrebatado al único hombre capaz de encender sus sentidos, esta vez no podía más.

Y luego se volvió a encerrar en su mundo. Entre las paredes blandas, las batas blancas, los tranquilizantes, los gritos ahogados y las lágrimas no derramadas buscó una flor para su pelo, cantó con alegría y esperó pacientemente la noche, sabía que su amante vendría a buscarla para amarla con la intensidad de siempre, esta vez, para siempre.

Solo quedaba esperar intensamente…

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