Siempre he sido una de esas mujeres que cree y está segura
de su independencia, siempre he sido una de esas mujeres que ha pasado cada uno
de los días de San Valentín desde su nacimiento sola y que cada vez que llega
el momento de celebrarlo me parece una completa farsa y truco comercial donde
hasta los noviazgos más quebrados simulan amor por un día y pasan los 365
restantes entre lágrimas y gritos.
Siempre he pensado, que no hace falta un hombre para
sobrevivir sin miedo alguno de citar a Jaci Velázquez en su canción, aunque el
hecho de pensar así no hace que sea una realidad porque esa extraña especie que
eructa, se pedorrea y ama el fútbol y su carro antes que a su mujer son “un mal
necesario”. Soy una mujer diferente. Confío plenamente en mis facultades y
virtudes. Sé que soy fuerte, arriesgada, extrovertida, sensible y a la vez dura
como una roca. Siempre rodeada de decepciones amorosas a lo largo de mi vida a
manos de “el sexo fuerte”, sin duda alguna han marcado y forjado lo que hoy
soy.
Cuento también –y sin sentirme orgullosa de ello- con una
lista no larga pero importante de hombres no del todo sin compromisos… Sí,
lamentablemente caí en la tentación, y por más sin vergüenza que se lea lo
siguiente que voy a escribir no me arrepiento para nada de haberlo hecho.
Probablemente de la única decisión de la cual me arrepiento es de haber
soportado tantos años involucrada sentimentalmente en una relación nociva en la
cual di, pero nunca recibí y que quede claro mi punto de lo que me arrepiento
no es de la relación en sí (la cual solo existió en mi imaginación), si no de
mi actitud de “hacer lo que él necesitaba” para tenerlo contento.
Y así pasando por los amoríos fugaces que se disolvían entre
fantasías, agendas, amigas y uniformes de colegio, donde dicho sea de paso me
enamoraba sola y siempre del típico chico “popular” que ni en los sueños más
dorados de mi adolescencia iba a voltear a ver a esta simplona enamorada de la
lectura, de buena ortografía y de personalidad explosiva que gritaba en los
pasillos y sacaba buenas notas, no era una nerd, pero no era popular, de manera
que era solo un alma enamorada que bailaba en el limbo de los “grupos sociales”
que se crean en el colegio.
El tema es que ahora luego de esos amores rosados y negros
que en mi poca experiencia he logrado vivir, de tantos malos enamoramientos, de
tantas caras, de tantos Valentines sin un detalle, he llegado a la conclusión
de que no necesito flores ni el 14 ni el 1° de febrero, ni una serenata, ni
chocolates, ni peluches; lo único que necesito es vivir, al máximo sin temor al
qué dirán, sin pensar en ese demonio inexistente creado por la sociedad llamado
“Karma” que se encuentra en el futuro y al que no le temo porque el futuro aún
no existe.
Tal vez en esta montaña rusa ilógica, inexplicable,
emocionante, frustrante e irrepetible llamada vida encuentre el amor, en el
rincón menos esperado, bajo la luna más plateada o en el bus más aromatizado a
esos olores exóticos de pollo, cebolla en conserva y música chata a todo
volumen… Por eso creo que antes de encontrarlo hay que probar diferentes
paisajes, olores, sabores, texturas y colores, porque ¿cómo saber cuál es el
sabor que quiero para siempre si no he probado la variedad de los demás?

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