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Antes de elegir... Hay que probar


Siempre he sido una de esas mujeres que cree y está segura de su independencia, siempre he sido una de esas mujeres que ha pasado cada uno de los días de San Valentín desde su nacimiento sola y que cada vez que llega el momento de celebrarlo me parece una completa farsa y truco comercial donde hasta los noviazgos más quebrados simulan amor por un día y pasan los 365 restantes entre lágrimas y gritos.

Siempre he pensado, que no hace falta un hombre para sobrevivir sin miedo alguno de citar a Jaci Velázquez en su canción, aunque el hecho de pensar así no hace que sea una realidad porque esa extraña especie que eructa, se pedorrea y ama el fútbol y su carro antes que a su mujer son “un mal necesario”. Soy una mujer diferente. Confío plenamente en mis facultades y virtudes. Sé que soy fuerte, arriesgada, extrovertida, sensible y a la vez dura como una roca. Siempre rodeada de decepciones amorosas a lo largo de mi vida a manos de “el sexo fuerte”, sin duda alguna han marcado y forjado lo que hoy soy. 

Tengo un inventario interminable de patanes; como aquel niño rubio de la primaria que me rechazó por no ser  lo suficientemente “bonita” para él, pasando por aquel intento frustrado de novio en secundaria que fue tan fugaz como el delicioso olor a tierra mojada cuando va a llover y que se vio tan extinto como los dinosaurios el día que el muy valiente escribió “Daniela te amo” mientras estaba a mi lado.

Cuento también –y sin sentirme orgullosa de ello- con una lista no larga pero importante de hombres no del todo sin compromisos… Sí, lamentablemente caí en la tentación, y por más sin vergüenza que se lea lo siguiente que voy a escribir no me arrepiento para nada de haberlo hecho. Probablemente de la única decisión de la cual me arrepiento es de haber soportado tantos años involucrada sentimentalmente en una relación nociva en la cual di, pero nunca recibí y que quede claro mi punto de lo que me arrepiento no es de la relación en sí (la cual solo existió en mi imaginación), si no de mi actitud de “hacer lo que él necesitaba” para tenerlo contento.

Y así pasando por los amoríos fugaces que se disolvían entre fantasías, agendas, amigas y uniformes de colegio, donde dicho sea de paso me enamoraba sola y siempre del típico chico “popular” que ni en los sueños más dorados de mi adolescencia iba a voltear a ver a esta simplona enamorada de la lectura, de buena ortografía y de personalidad explosiva que gritaba en los pasillos y sacaba buenas notas, no era una nerd, pero no era popular, de manera que era solo un alma enamorada que bailaba en el limbo de los “grupos sociales” que se crean en el colegio.

El tema es que ahora luego de esos amores rosados y negros que en mi poca experiencia he logrado vivir, de tantos malos enamoramientos, de tantas caras, de tantos Valentines sin un detalle, he llegado a la conclusión de que no necesito flores ni el 14 ni el 1° de febrero, ni una serenata, ni chocolates, ni peluches; lo único que necesito es vivir, al máximo sin temor al qué dirán, sin pensar en ese demonio inexistente creado por la sociedad llamado “Karma” que se encuentra en el futuro y al que no le temo porque el futuro aún no existe.

Tal vez en esta montaña rusa ilógica, inexplicable, emocionante, frustrante e irrepetible llamada vida encuentre el amor, en el rincón menos esperado, bajo la luna más plateada o en el bus más aromatizado a esos olores exóticos de pollo, cebolla en conserva y música chata a todo volumen… Por eso creo que antes de encontrarlo hay que probar diferentes paisajes, olores, sabores, texturas y colores, porque ¿cómo saber cuál es el sabor que quiero para siempre si no he probado la variedad de los demás?

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