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La desafortunada historia de Tomás Sotomayor


1999. Viernes. 7:45 am. Los primeros aullidos de llanto son esparcidos con un gran eco por la sala de partos, incluso hasta llegar a escucharse brevemente en el lugar donde algunos de sus familiares esperaban ansiosos. Tomás, por fin había llegado.

Su padre estaba orgulloso, su primogénito, su varón, al que ya veía jugando fútbol o alguno de esos deportes rudos “solo para hombres”. Su madre lloraba de emoción nunca había sentido un amor tan puro como cuando sintió al pequeño Tomás en su pecho; le examinó sus pequeños deditos uno a uno, asegurándose de que todo su retoño estuviera en un perfecto estado.

El nacimiento del pequeño se tradujo en meses de fiesta y celebración en la casa.

Tomás sabía que él era diferente, lo sentía incluso desde antes de poner sus pequeños pies en esta tierra. No sería lo que todos esperaban, lo que su padre esperaba.

Era un niño inteligente, brillante, con un hermoso cabello castaño claro que llegaba hasta el inicio de sus orejas, liso, con un remolino problemático en la parte de atrás por el cual según su abuela “sería un malportado” cómo no, el remolino lo decía. Sus ojos celestes, tan celestes como se ve el cielo en un día de verano en la playa, profundos, de pestañas largas, completamente cautivadores.

Celeste y azul, esa era la combinación cromática para su vestimenta ese día, con zapatos negros de esos que utilizan los niños con pie plano, cargaba en una mano su pequeña lonchera y la otra iba aferrada a la única mujer a la cual le entregaría su corazón: su mamá. Tomás sabía que era el gran día, era el momento de iniciar el kínder.

Y allí terminó de comprobar que él era diferente.

- ¡Ahí viene el niño de las muñecas!-
-¡Hola niñita!-
-¡Niña a Tomás le gusta Beto!-

Crueles. Nunca entendió el por qué de su afán en contra suya. Era solo un niño y ya los grandes también lo veían feo. “No quiero que juegue con el niño raro” escuchaba como sentenciaban los padres a los niños en el preescolar. Sabía que tenía que vivir con eso por el hecho de jugar con muñecas, al té, preferir la danza antes que el fútbol y tener entre sus más preciados tesoros el labial rojo carmesí que había robado muy discretamente a su madre.

Sin embargo, hasta la fecha solo eran rumores.

Tomás se miraba al espejo, sabía que era bien parecido, pero estaba consciente de que ese ritmo diferente cuando caminaba lo delataba, por más que quisiera aparentar que no, al igual que su amor por Justin Bieber, el baile, la moda y la ropa de colores. Aún así gustaba al género femenino; quizás sus amplios ojos celestes cautivaban casi a todas las chicas del colegio y experimentó con las que pudo. Total estaba en un colegio Católico dónde hiciera lo que hiciera siempre iba a ser aborrecido y negado por Dios.

Pero a pesar de eso lo seguía el estigma social y el rechazo de los varones quienes sabían que el enredarse con niñas no era más que ocultar la verdad inminente que surgía a la luz poco a poco.
Fue allí cuándo se dio el fatídico factor detonante de una serie de eventos trágicos.

Uno de sus compañeros de clase topó con Tomás entrando a una especie de parque, lo siguió esperando descubrirlo fumando marihuana y tener el placer de delatarlo, como todo el matón que era y para su fortuna y desgracia del pobre Tomás lo observó reunido con otro chico, cuando notó que las manos volaban y los besos apasionados fundían sus lenguas en una sola, sabía que lo que tenía ante sus ojos era una mina de oro puro.

Aprovechó de la tecnología que le brindan sus padres para cubrir los vacíos donde no hay amor, sacó su cámara y el calvario y camino a la cruz de su compañero estaba más que trazado.
“Loca”, “Playazo”, “Asqueroso homosexual” y un sinnúmero de ofensas lo esperaban en los casilleros, los pupitres, los baños al día siguiente. Golpes, empujones, burlas y por foto que derrumbó por completo el mundo de Tomás.

Seguía siendo él, Tomás el compañero fanático de la lectura, seguía siendo hablador y dicharachero pero a la vez tímido y aislado,  el aplicado e inteligente, seguía teniendo sus ojos celestes cielo y su cabello lacio, la misma edad de ayer, el mismo apellido e incluso llevaba el pantalón del día anterior… Pero ahora todos lo trataban diferente, aún más y a pesar de que seguía siendo una persona recibía tratos que nunca nadie debería recibir.

Es cierto, estamos en el siglo XXI, pero él vivió casi como si fuera tiempo de la Inquisición. Pedradas como de las que se salvó María Magdalena, así sentía el joven cada insulto, cada empujón. ¿Extremistas? Quizás. ¿Alarmistas? Sin duda alguna. Estaba en un colegio católico y comprendía a sus compañeros… estaba en pecado mortal.

Sabía que no contaba con su papá, desde que cambió las clases de karáte por las de danza y su padre sucumbió ante la verdad muda que se gritaba a voces cuando miraba a su hijo. Simplemente lo rechazó desde que descubrió la verdad detrás de su primogénito varón e intentó llevarlo a un doctor a que lo curara de esa enfermedad que lo aquejaba, como si se tratara de una gripe.
Su madre, era la mujer que más amaba y la persona que más admiraba, sin embargo Tomás decidió que debía acabar por sí mismo con ese problema.

Lloró; sólo en su recámara, por más de dos días, nadie notó su ausencia, sus padres estaban de viaje. No podía más, tenía tan solo 14 años pero estaba abatido, triste y desesperado.
 Tomó una de las armas de su padre y sin pensarlo mucho de un tiro certero justo en medio de sus ojos celestes cielo terminó con sus problemas, con la mala influencia del colegio y con la vergüenza de su padre.

Tomás llegó un viernes soleado de 1999 y el mismo decidió dejar el mundo una tarde oscura del 2013.
La historia de Tomás es uno de los tantos relatos de los adolescentes víctimas de bullying y agresión que acaban de la peor forma. Él y muchos otros chicos son víctimas de una sociedad intolerable, agresiva, juzgadora, una sociedad llena de ignorantes que piensa que la diversidad sexual es una enfermedad y que tiene cura, una sociedad que olvidó lo que tanto enseña el colegio católico en el que estaba Tomás o las muchas iglesias que existen: el amor por el prójimo.

Es una historia que no debe repetirse.

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